La fertilidad de la mujer depende de muchos factores: no sólo físicos o hereditarios, sino incluso psicológicos y anímicos. Muchas parejas tienen problemas en lograr un embarazo, y muchas veces no se debe a un trastorno de ningún tipo, sino únicamente (aunque no es poca cosa) a factores de estrés o ansiedad en su vida cotidiana.


Es importante conocer, antes que nada, cuáles son las bases de la fertilidad de la mujer. En principio, aunque el embarazo puede producirse en cualquier momento, se estima que hay muchas más probabilidades entre los tres –cinco días previos a la menstruación, así como los días posteriores. Esto se debe a que en ese período se está produciendo la ovulación: la generación final del óvulo y su traslado desde el ovario hasta el útero. El óvulo tiene un tiempo de vida bastante corto; apenas 24 horas. Es el día antes de la regla, de  hecho, cuando es más posible la fecundación.


Lo más sencillo para conocer cuáles son los días fértiles es ir anotando los tiempos en un calendario; de esta forma, se pueden prever por adelantado y planear qué días serán los más indicados para mantener relaciones. También hay que atender, cómo no, a las señales del propio cuerpo, que pueden indicar cuándo ha comenzado la ovulación. La primera de ellas es la temperatura basal. Debe tomarse preferiblemente por la mañana y en la misma zona. Una temperatura elevada puede indicar el principio del proceso.


Los cambios en el flujo cervical, que se vuelve más abundante conforme se acerca la ovulación, también deben ser observados. Otro aspecto relevante es la aparición de molestias: dolores en el costado (en uno lado u otro; no siempre es el mismo), de cabeza, aparición de acné…


Pese a lo que indican las “leyendas urbanas”, cualquier mujer puede quedarse embarazada, incluso después de los cuarenta, mientras todavía continúe ovulando. No obstante, sí es cierto que el porcentaje de probabilidades disminuye con la edad. Al llegar a los 30, puede bajar hasta un 15% con respecto a la década anterior; del mismo modo, más allá de los 35 puede volver a descender otro 5%. La normal, sin embargo, es la misma que con cualquier otro aspecto referido al físico: cada persona es diferente. No hay que juzgar a una por los cambios que se produzcan en otra, sino estudiar cada caso de manera particular.


Como hemos comentado al inicio, los problemas de fertilidad no siempre están directamente relacionados con un problema físico. Si tenemos problemas en conseguir la fecundación, debemos, antes que nada, reflexionar sobre nuestro ritmo de vida y determinar si algo en nuestras costumbres puede estar afectándonos negativamente. Se trata de algo mucho más común de lo que parece, y que no hay que menospreciar. ¿Tenemos un trabajo absorbente, que no nos deja tiempo para relajarnos y no podemos quitarnos de la cabeza? ¿Hemos sufrido recientemente algún tipo de shock?


En caso de que realmente el problema sea físico, genético o hereditario, es posible acudir a clínicas de fertilidad, que serán las encargadas de analizar la situación y determinar el mejor tratamiento. Técnicas como la fecundación in vitro o la inseminación artificial están hoy a la orden del día y han avanzado notablemente, consiguiendo un mayor grado de eficacia.


Es recomendable llegar a este punto sólo por consejo de un ginecólogo; antes de ello, hay otra clase de métodos que pueden emplearse para intentar estimular la fertilidad, sin que sea necesario recurrir a la medicina más agresiva.